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Divagación insomnia No. 1

General - 2013-03-13 17:31:31

Hace unas semanas, un amigo me dijo que le parecería muy aburrido y plano ser absolutamente racional al momento de preguntarnos el porqué de nuestra estancia en este mundo. Nos podríamos quedar con la opción que un enorme porcentaje de la humanidad ha escogido creer, más por cuestión de educación que otra cosa y basándose en textos que tienen decenas de siglos de antigüedad. Podría pensar que una entidad creadora me dio de regalo a mis padres y me puso en este mundo para utilizar mi libre albedrío en hacer su voluntad para que después de morir me haya ganado el paraíso. Esta idea ha sido uno de los fundamentos de religiones antiguas y modernas, politeístas, monoteístas o pseudo-monoteístas.

Ahora bien, una versión diferente se ha ido formando en el territorio de la ciencia y la razón, obra de cientos de personas que en los últimos siglos se han dedicado a tratar de entender el universo que nos rodea. Mi historia, como la veo ahora, es la siguiente:

Cada uno de los átomos que forman mi cuerpo ha salido de una o más estrellas en donde se fueron transformando por fusión nuclear en elementos cada vez más pesados. Posiblemente los hidrógenos estuvieron en pocas estrellas, pero lo más seguro es que los elementos pesados hayan pasado por varias hasta coincidir en un mismo espacio. Dentro de la materia que quedó atrapada en el campo gravitacional de lo que conocemos como Sol, una cierta parte se acumuló a una distancia adecuada y con las condiciones atmosféricas necesarias para permitir que el agua que se formó por múltiples reacciones existiera en forma líquida.

Esta característica peculiar de nuestra querida Tierra brindó las condiciones necesarias para que se formaran los primeros microorganismos y empezara el complicadísimo pero al mismo tiempo natural proceso de evolución. De esta forma, los  especímenes que se adaptaron mejor a su medio y que desarrollaron los mecanismos de defensa y supervivencia más adecuados, dieron pie a formas cada vez más complejas. Una de esas, muy lejos de ser la más avanzada aunque sí poseedora de una de las capacidades más complejas del proceso evolutivo, fue nuestra especie. Le debemos nuestra presencia a una muy larga transformación de la información genética que fueron transmitiendo nuestros antecesores y que nos determinan como  lo que hemos llamado homo-sapiens, haciendo que todos los humanos que poblamos este planeta tengamos similitudes fundamentales. Pero, al mismo tiempo, la complejidad de los genes hacen que cada uno de nosotros sea único y, lo más probable, irrepetible. De nuestros antepasados guardamos características que nos acompañarán prácticamente toda la vida, proporcionando ciertos rasgos físicos y haciéndonos más propensos a ciertas enfermedades que a otras. Sin embargo, el código que tenemos no es inmutable. La historia que vive cada uno de nosotros puede llegar a generar cambios que no son fácilmente predecibles pues están determinados por condiciones específicas y experiencias que nos llevan a cambios únicos. Esto resulta de especial interés al pensar en la clonación pues lo que se estaría tomando es algo equivalente a una fotografía de un instante, y no a la imagen distinta que estuvo antes o que estará después.  Además, la joya evolutiva del ser humano, su cerebro, le permite registrar, asociar y producir su contacto único con el mundo por medio de los sentidos lo cual, a diferencia de los genes, no es copiable.

Regresando al tema de la materia, me resulta sumamente interesante que el porcentaje que nos acompaña a lo largo de toda la vida es muy pequeño. Cuando comemos, bebemos y respiramos, metemos a nuestro cuerpo sustancias que vamos a transformar, de acuerdo a la información de nuestro código genético, en aquello que nuestro cuerpo necesita, otra parte se va a desechar y otra se podrá acumular de acuerdo a las cantidades que consumamos; es materia que no estaba antes y de pronto asimilamos. Al mismo tiempo, eliminamos parte de nosotros por medio de cualquier sustancia que secretamos -sudor, saliva, orina, etcétera- o como combustible que nos permite realizar nuestras actividades diarias. Parte de esto último puede salir de las reservas que formamos, aunque es frecuente, dependiendo de nuestra rutina, que provenga por ejemplo de los músculos. Si a esto agregamos lo que está en la superficie y desechamos constantemente -principalmente el pelo, las uñas y la piel- nos podemos dar cuenta que una parte importante de la materia que tenemos en un momento dado es distinta a la que teníamos, digamos, un año antes. Esto hace un tanto absurda la noción de la conservación de los cuerpos, ya sea enteros o, sobre todo, cremados, pues lo que se tiene es tan sólo el estado final de una persona.

Con esta conciencia de lo que somos, considero que lo mejor que podemos hacer es utilizar nuestras capacidades cognitivas para conocer y entender lo más posible el universo que nos rodea, aprovechando el efímero momento en el que una combinación única de átomos nos permitirá convivir con otros seres similares a nosotros, con muchos más que son distintos pero que están aquí por su propia combinación genética y material, y disfrutar al máximo la improbabilidad de nuestra existencia. Llegará el momento en que nuestro organismo deje de funcionar y regresemos la totalidad de los átomos que nos acompañaban en el momento final de nuestra vida para que, en algún momento, sean utilizados por otro ser vivo o simplemente sigan su historia en nuestro planeta hasta que tengan la oportunidad de volver a formar parte de una estrella en la que fusionarán en elementos más pesados y, así, sigan su transformación en la interminable historia del universo.

Regresando a las primeras ideas de este escrito, entiendo que la versión religiosa que puse de la existencia es en extremo simplista, pero no conozco ninguna que esté más alejada de lo plano y lo aburrido que la que acabo de describir.